
Hubo un tiempo en el Armando Maestre Pavajeau donde el único sonido que competía con el rumor del viento era el eco fantasma de una ovación que se había ahogado. Un grito de gol. Los vallenatos, herederos del merengue y el son, conocían el dolor de la canción inconclusa. En esta tierra de acordes potentes y letras profundas, la portería se había quedado huérfana. Solo las flores amarillas del cañahuate, testigas silenciosas, parecían teñir de una esperanza lejana aquellos días vacíos.
Hoy, sin embargo, algo ha cambiado…
En el valle del Cacique Upar, donde el cristalino murmullo del Río Guatapurí guarda la Leyenda de la Sirena, nació una nueva ilusión. Llegaron huéspedes que antes los vallenatos veían de lejos, pero hoy, se pueden apreciar desde las gradas del estadio Maestre y recibir al ritmo de acordeón.
La ciudad, reconocida por la puya, el merengue, el son y el paseo, ahora vibra también con el grito del gol. Las canchas que alguna vez estuvieron polvorientas muestran la esencia de la gente de provincia, donde los niños cruzan sentimientos: algunos crecen soñando con un acordeón entre las manos, otros tantos corren descalzos detrás de una pelota. Así lo han visto los barrios de Panamá, Villa Mirian o el 12 de Octubre, cuna de talentos como Farid Díaz, Jorge Arias, Humberto Botello, Carlos Robles y otros hijos del valle que han representado al balompié vallenato en grandes camisetas.
Valledupar, la capital mundial del vallenato, ha encontrado un nuevo compás: el del fútbol, el de una camiseta azul y roja que empieza a latir con fuerza en el corazón del pueblo.
El desconsuelo que dejo el Valledupar Fútbol Club, aquel equipo que una vez hizo soñar a toda una ciudad con llegar a la Primera División aquel 2006, desapareció entre promesas incumplidas y decisiones que dolieron más que una derrota.
En 2023, su ficha se trasladó a Soacha. El Estadio Armando Maestre quedó vacío, y la tristeza se extendió por las calles del César. La gente lo sintió como una traición, un acordeón roto en el pecho de la ciudad. Parafraseando un verso famoso, el hincha sintió que su sueño, como su tierra, también estaba cayendo en el olvido: “Las flores de este campo no saben de dónde vengo, si no saben dónde voy, para qué quiero saberlo”.
Valledupar perdió su equipo, pero no su amor por el fútbol.

Sin embargo, los sueños, como los buenos vallenatos, siempre encuentran un verso más. Y así, en 2024, un nuevo nombre empezó a escribirse en los muros y en el alma de la ciudad: Alianza Fútbol Club. Tras una gestión que culminó en 2025 con la adición de ‘Valledupar’ al nombre oficial, el equipo nacido de las raíces de Alianza Petrolera, que después de más de una década en la máxima categoría decidió mudarse al Cesar. Para muchos fue una sorpresa. Para los vallenatos, una oportunidad de volver a creer, una gestión que contó con el impulso determinante del representante a la Cámara, Alfredo ‘Ape’ Cuello, artífice del proceso.
“El deporte es más que simple entretenimiento; es una herramienta de transformación social y económica”, afirmó Cuello, quien lideró la hoja de ruta para evitar que la ciudad se quedara “huérfana de fútbol profesional”. Para el congresista, este proyecto se consolida como parte de un legado: “Valledupar debe ser una ciudad deportiva. Este equipo es un símbolo de unidad y de pertenencia para la comunidad vallenata.”
Con el arribo de Alianza, la ciudad volvió a latir. Las gradas se poblaron de familias, niños, vendedores y músicos que, entre tambores y acordeones, mezclaban fútbol con fiesta. La camiseta azul y roja se convirtió en símbolo de identidad.
La primera vez que el equipo vendió más de diez mil boletas fue el 12 de octubre del presente año, frente al Junior de Barranquilla. Esa tarde, el Armando Maestre Pavajeau rugió como nunca antes. No era solo fútbol: era Valledupar resucitando y un nuevo clásico dando luz.
En medio de ese renacer, un hijo de la tierra se volvió emblema del equipo: José Muñoz, el número 10, orgullo vallenato. Su historia resume el sueño de toda una generación.

“Siento un orgullo inmenso al jugar en la ciudad donde nací, donde soñé con ser futbolista”, dice José. “Volver al Armando Maestre con Alianza en Primera es algo maravilloso. Ver la gente emocionada, ver a las familias alentando, es una alegría que nos devuelve la fe.”
José recuerda cuando jugaba descalzo en los barrios de Valledupar, en canchas de arena y piedra, donde cada gol era una esperanza. “Cuando se fue el Valledupar FC nos invadió la tristeza. Pensé que el fútbol no volvería, pero ahora con Alianza la gente ha recuperado la ilusión. Esto está creciendo, y sé que, si clasificamos a los cuadrangulares, la ciudad va a explotar de felicidad”, dice. Se detiene; la mirada le brilla con esa misma luz ingenua de cuando jugaba descalzo en la arena. “Es volver a jugar por amor, pero con todo un pueblo detrás”.
El fútbol no se sostiene sin pasión, y en Valledupar esa pasión tiene nombre: Somos Alianza F.C. Valledupar. Una barra joven que nació con la llegada del club y que ha aprendido a alentar con el corazón.

Su líder, Eviar Daza, cuenta que todo comenzó con un grupo de WhatsApp y Facebook, donde se reunieron soñadores que querían volver a sentir el calor del estadio. “Empezamos quince personas. Hoy somos cincuenta que nos mantenemos firmes. Cada partido aportamos veinte mil pesos para llevar instrumentos, banderas y humo. No somos una barra brava; somos una familia que alienta con respeto y orgullo”, dice Daza.
Entre los tambores y los cánticos, el azul y el rojo se mezclan con el amarillo del cañahuate. Las tribunas se llenan de ritmo y esperanza. Valledupar ha entendido que el fútbol también puede ser cultura, unión y orgullo.

El presente de Alianza Valledupar es alentador. El equipo roza la clasificación a los cuadrangulares y ha devuelto a la ciudad una razón para reunirse a alentarlo cada vez que disputa un partido. Niños, abuelos, músicos y comerciantes se mezclan en una misma melodía: la de creer.
Valledupar vuelve a tener fútbol esta vez de primera división, pero más que eso: vuelve a tener esperanza. En el Armando Maestre ya no se escucha solo el eco y el sonido de sus palomas, sino también el rugido de un pueblo que aprendió a cantar goles.
Y así, entre el aroma a frito y el sonido del tambor que la barra heredó, Valledupar vuelve a latir. La tristeza de la traición se ha ido, reemplazada por la fe. Cada niño que hoy patea un balón en Villa Taxi o el 12 de Octubre ya no tiene que soñar con irse para triunfar. Ahora tienen su propio templo, su propio equipo. Porque en esta tierra, donde el acordeón es el pulso y el cañahuate la promesa, la melodía del gol, por fin, suena a casa.
Por: Marial Robles
